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¿Patria
piquetera?
Por
Jorge Carlos Brinsek
La Argentina
tiene casi cuatro millones de desocupados y subocupados quienes soportan
día a día, resignada y calladamente, la angustia por la
falta de un empleo, derecho elemental que en no pocos casos se traduce
en la carencia de un techo y un plato digno de comida.
Gracias a Dios ninguno de ellos integra las dinámicas movilizaciones
de "desocupados" que acaparan los noticieros televisivos y han
convertido en un caos rutas y calles del territorio nacional, en particular
las que rodean al Conurbano.
Es bueno agradecerlo porque si tan sólo un cinco por ciento de
los reales carecientes se volcaran a una protesta activa, no habría
fuerza posible preparada para contenerlos en caso de un eventual desborde.
Antes de seguir, algo debe quedar bien en claro. Nada más alejado
al espíritu de esta columna que menospreciar el desesperado esfuerzo
de aquellos quienes, agotadas ya todas las vías que puede dar la
paciencia, recurren a acciones de presión pública para llamar
la atención a sus problemas.
Pero una cosa es la espontaneidad producto de la necesidad y otra la acción
coordinada, meditada y organizada estructuralmente para sacar buen provecho
de ella. A esta altura del partido sería hipócrita no reconocer
la existencia de activistas profesionales, que cobran en función
de una tarifa preestablecida el corte de una ruta y que luego reclaman
un porcentaje de los dividendos que se obtengan en función de subsidios,
planes "trabajar" o lo que sea.
En ese plano sería un acto de suprema ingenuidad no reconocer la
gestación de lo que bien sarcásticamente podría llamarse
la "patria piquetera" un conjunto de profesionales de la acción,
rápidos como gacelas para moverse de aquí para allá
donde exista la posibilidad de un problema y capaces de organizar en minutos
una demostración de fuerza que recorra con velocidad eléctrica
todo el país.
No trabajan gratis. Cobran por hacerlo. Tienen también sus ambiciones
políticas. Disponen de la logística y comunicaciones adecuadas
y los enlaces políticos necesarios para provocar la convulsión
en función de los intereses del que pague más a sus propósitos.
En los tiempos que corren no es difícil encontrar mano de obra
barata para cualquier objetivo: desde una manifestación a Plaza
de Mayo hasta el bloqueo por días y días de una ruta nacional
con generosa improvisación de carpas, bolsas de dormir, ollas populares...teléfonos
celulares y por supuesto cámaras de televisión.
No es la primera vez --luego de los frágiles acuerdos en los que
suelen caer las autoridades-- que posteriormente se desatan feroces batallas
intestinas por el reparto del botín, contiendas que incluso --como
ha ocurrido-- hasta terminan en presentaciones ante la Justicia y expulsiones
partidarias.
Por supuesto que hay otros responsables en esta situación. La falta
de decisiones y medidas concretas en el gobierno para mostrar señales
claras de que hay un deseo por modificar el estado actual de las cosas
es el eje que motoriza e incentiva todos estos problemas.
Pero algo tiene que hacerse y pronto, porque si la gente realmente afectada
por la crisis cae en la cuenta de que no le queda otra que salir a la
calle a batir las palmas y levantar una barricada, como hacen los que
obtienen concesiones, entonces si todo puede terminar muy mal. (AIBA)
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