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"Hermosa, dulce y suave amanecio al fin la aurora en la tremula superficie de las olas. Dormian los vientos...; expiraba la espuma en el azul de aquel delicioso mar. Por Oriente, ligeros vapores iban adquiriendo gradualmente los colores de rosa anunciadores de la mañana. La luz iba a recuperar su imperio. A lo lejos veianse sombrios y macisos, pero tranquilos, los fragmentos rotos de la nube destructora, orlados de bandas rojizas que, debilitandose mas y mas, indicaban que las llamas aun rodaban de la montaña por los campos abrasados Ya no existian las blancas paredes ni las brillantes columnas que habian decorado aquellas graciosas playas. Melancolica y triste aparecia la costa, coronada ayer por las ciudades de Herculano y de Pompeya. Joyas arrancadas para siempre de sus engarces, arrebatadas a las caricias del mar sus hijas predilectas Siglos
y siglos extendera la poderosa madre sus azulados brazos; no las encontrara
ya, y gemira sobre las tumbas de sus dos hijas... Pero dieron gracias en silencio, despues de haber velado tan larga y horrible noche. Miraronse unos a otros, sonriendo; cobraron animo; conocieron de nuevo que existia a su alrededor un mundo y un Dios en el cielo. Persuadidos de que el momento de peligro habia pasado, los mas extenuados descansaron y se durmieron dulcemente" Bulwer Lytton, ob. cit. Libro V, cap 10 |
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