| Ello
me obliga a calibrar el error y difundirlo de igual manera
que lo hice con el texto original.
Es
evidente para mi, ahora, que existe un sector de la sociedad
que además de respetarlo, lo amó. Es posible
que las formas de la relación de la gente con las figuras
públicas hayan cambiado lo suficiente para que personas
como yo, acostumbrada a otra forma de expresarse, se llame
por ello a engaño.
Sin
embargo me ha tocado, a lo largo de más de 70 años
de vida ver, participar o saber, de varios momentos de congoja
civil por la pérdida de alguien importante para la
vida política de la Nación Argentina.
Al
finalizar la niñez viví el fallecimiento de
la querida y odiada Evita apreciando a lo largo de varios
días, tardes y noches lluviosas, a multitudes de seres
humanos humildes dolientes y silenciosos, esperando para rendir
su último tributo a quienes sabían carne de
su propio riñón, que los amaba y protegía.
Supe
en la adolescencia, por mi padre y por los libros, del entierro
multitudinario y silencioso de ese caudillo, Irigoyen, que
introdujo, a la vida política, mediante una lucha sin
desmayo a lo largo de 26 años, a los descendientes
de los inmigrantes y a los criollos desplazados por el régimen
“falaz y descreído”, como lo llamaba.
Ya
adulto, asistí personalmente a la despedida de los
restos mortales del General Juan Domingo Perón, también
con el cielo encapotado y llorando silencioso como la mayoría
de los argentinos, acongojados por la pérdida de la
última esperanza que nos quedaba.
Fue un momento de alto voltaje, entre la cruel y despiadada
guerrilla de la izquierda y la no menos cruel amenaza de la
derecha dirigiendo unas fuerzas armadas que habían
perdido el rumbo y su propia dignidad, como los años
posteriores certificaron.
La
muerte de Perón nos había robado la esperanza
y los perros salvajes enfrentados se llevarían luego
los restos de cordura que le quedaban a nuestra sociedad enferma.
Hace poco asistimos a las exequias del Doctor Alfonsín,
primer presidente civil de esta democracia reconstruida a
medios que hoy tenemos. En ese momento vimos a esa sociedad
argentina de clase media, que puebla gran parte del conurbano,
llorar silenciosamente al despedir a un presidente que representaba,
para ellos, la dignidad de los derechos humanos reconquistados
en el marco de lo posible, para ese momento histórico
y sin un revanchismo que desnaturalizara las mejores intenciones
de justicia.
Llegamos
así al día de hoy, en el que se despiden los
restos mortales de Néstor Kirchner. Junto con la actitud
silenciosa y doliente de muchos argentinos que sufren esa
muerte como una pérdida muy cercana, vemos a gran cantidad
de jóvenes que utilizan el momento para expresar consignas
a viva voz, practicando el rito del auto reconocimiento y
la pertenencia. No dudamos que tengan el mismo dolor que muestran
otros, pero nos asombra sinceramente esa forma anómala
de expresarlo.
Es
así que no podemos menos de preguntarnos si esa necesidad
de pertenencia no se expresa mucho mejor bajo la forma de
la acción política, y el servicio a la comunidad,
que como ritos de tribuna futbolera, ya que el sentimiento
del momento debería ser la congoja y no el grito de
batalla.
A
Néstor Kirchner deseémosle el descanso en paz.
A la Presidente que, pasado los momentos de duelo, tome con
firmeza el timón del estado y tenga la fuerza de encauzar
la previsible lucha entre el abordaje de quienes se quieren
sumar y la resistencia de la vieja guardia.
El
futuro es tan suyo como lo quiera, si hace gala de serenidad
y ecuanimidad y acepta que existen otros principios y otros
intereses tan válidos como los de cualquier parcialidad.
Ella es el árbitro de todos esos intereses válidos
en pugna, no el representante de alguno de ellos. Dios la
ilumine.
Ing.
Osvaldo Mario Benedetto
ing@osvaldobenedetto.org
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